viernes, 1 de mayo de 2015

Diego Martínez. Letras

Lugar virtual para ordenar, de una vez por todas, algunas letras amontonadas en papeles, cuadernos, internet, etc, etc (y para molestar a los amigos).
Un poco (muy) desactualizado, qué se le va a hacer...

domingo, 14 de febrero de 2010

La burbuja caliente

Es famoso por su interés turístico, el microclima conocido localmente como “la burbuja de Allen”.
Se trata de un espacio en el cual la temperatura ambiente asciende bruscamente, en cualquier época del año, en un promedio de unos ocho grados con respecto a los alrededores. Esto ha generado estudios de meteorólogos del país y del mundo, sin llegar todavía a encontrar las causas de este fenómeno que atrae a turistas de todo el planeta.
A diferencia de otros microclimas, lo llamativo en “la burbuja” es la extensión geográfica de ésta; se la encuentra entre la ciudad de Allen y la de Roca, en la provincia de Río negro, en el kilómetro 1.197 de la ruta 22. Y bien decimos en el kilómetro 1.197, porque sólo en un radio de unos cuarenta centímetros alrededor del mojón que indica esa distancia, es que se percibe el cambio de clima. Tanto es así, que quien pasare caminando rápidamente, sólo experimentará un leve soplido cálido, mientras que quien se ubicara de pie junto al mojón, sentirá que se le queman los tobillos ( la altura de la burbuja es de unos treinta centímetros).
Despreciado en el pasado, fue necesario que estudiosos de otros continentes se acercaran para que nuestra comunidad le diera la importancia que merece.
Por supuesto, quienes lo rechazan, lo anotan en la lista de mitos urbanos que incluyen la caminata del hombre en la luna, o la esfericidad de la Tierra, ente otros.

Neuquén, 13/02/10

sábado, 26 de diciembre de 2009

La fábula de las orugas

A mis compañeros y amigos del Hospital de Cipolletti


Había una vez tres orugas. Tres orugas feas, gordas, y viejas, que discutían acerca de si se esforzarían en convertirse en mariposas, o no.

Dijo la primera oruga:

− ¿Ser mariposa? ¿Para qué? Yo así como estoy, estoy bien. Me muevo un poco encima de esta rama, me como algunas hojas, no gasto mucha energía, y no tengo que perder tiempo en hacer que me crezcan alas, o en aprender a volar. ¡No me vengan con ideas raras! Yo así estoy bien.

Dijo la segunda oruga:

−Pensándolo bien, ser mariposa tiene sus beneficios…Te admiran todos, te consideran una criatura hermosa, te respetan más que siendo un bicho arrugado, gordo y feo…pero lleva mucho trabajo hacerse flaca, sacar alas, ir de flor en flor llevando polen, volar distancias enormes para beber un poquito de néctar…Yo ya lo tengo decidido; con estos hermosos pétalos que me junté, me disfrazaré de una bella mariposa…¡Pero seguiré viviendo mi tranquila vida de holgazana masticadora de hojas!¡Y sin tantas complicaciones!

Luego de un pequeño silencio, la tercera oruga dijo:

−Amigas, creo que este es un momento muy importante en nuestras vidas. Debemos decidir si continuamos siendo lo que somos, o elegimos cambiar, crecer, mejorar.

“No estuvo mal ser orugas, por supuesto; todas las mariposas deben ser orugas al principio de sus vidas. Pero creo que está mal que nos abandonemos a este estado para siempre, simplemente por pereza. Y también creo que está mal que simulemos ser mariposas, disfrazándonos de algo en lo que en realidad no creemos.

“Yo elijo ser mariposa, porque siento la linfa que me hierve en las venas, y porque ya no aguanto más arrastrarme, y vivir prisionera en esta rama. Quiero dar este paso, y ser algo mejor de lo que soy ahora, sin olvidar nunca que seré mariposa, gracias a que un día fui oruga.

Las tres amigas se separaron.

La primera oruga, se quedó tranquila en su rama. Días después, un pájaro la vio desde lejos. Voló en picada hasta ella, y de un picotazo, la devoró.

La segunda oruga, se fabricó un disfraz de mariposa, con pétalos de colores a modo de alas, y finos estambres simulando antenas. Hubo abejas, hormigas, y algunos escarabajos, que admiraron su belleza, e incluso la aplaudieron y envidiaron. Pero ella apenas se movía de su lugar en la rama. Una tarde la vio un pájaro, desde lejos. Voló en picada hacia ella, y de un picotazo, la devoró.

La tercera oruga, trabajó mucho para tejer su capullo. Y envuelta en éste, con gran cuidado y esfuerzo, quedó colgando, apenas sostenida por un hilo muy delgado, en la punta de su rama. Soportó el hambre de no comer, el miedo de caer empujada por el viento, concentró toda su energía en hacer crecer alas, patas, antenas, ojos…

Un día asomó su cabeza por fuera del capullo. Lentamente, al principio, y con mucha dificultad, lo fue rompiendo, hasta liberarse. Se movía con torpeza, sus alas eran todavía una molestia, unos pesados apéndices que sólo servían para hacerla tropezar.

Mucho tiempo después (en realidad apenas unas horas, pero casi una eternidad para la vida de una mariposa) pudo desplegar las alas. Era un ser hermoso, esbelto, brillante, con mejores sentidos para captar el mundo, con miembros más ágiles, con incontrolables deseos de conocer todo lo que existía más allá de esa rama.

Un pájaro la vio desde lejos. Voló en picada hacia ella, y la atacó con un picotazo. Pero se quedó sin comer, porque la mariposa escapó rápidamente, comenzando así, a vivir feliz su nueva vida.

Porque se lo había ganado.


Muchas veces, en la vida de los hombres, de los pueblos, de las instituciones, llega un momento en que debemos decidir si continuar en la comodidad de la simple vida de la oruga, o arriesgarnos y esforzarnos por crecer, por cambiar hacia algo mejor. O elegir el simular un cambio, adoptando conductas o actitudes sin creer demasiado en ellas, para mostrarnos frente a los demás, pero sabiendo en nuestro interior que preferimos la seguridad de lo ya conocido.

Y si elegimos crecer, está en nuestras manos lograr que ese cambio sea real, que no consista sólo en un disfraz para aparentar ser algo nuevo, sino en estar profundamente convencidos de ese paso.

Todo cambio importante en la vida, está marcado por inevitables temores, tropezones, esfuerzos y fatigas. Pero que son necesarios para lograr ser lo mejor que podemos, y que debemos ser.

Para que ningún pájaro nos coma.

Y porque nos lo habremos ganado.

02/09/06-26/12/09

jueves, 15 de octubre de 2009

Por qué corre el ñandú

Hace mucho, mucho tiempo, en las tierras que ahora conocemos como Neuquén, vivía una tribu de valientes indios pehuenches. Se dedicaban a cazar, a recolectar los frutos del pehuén, y a vivir en armonía con las tribus vecinas. Había pasado ya la época de las peleas entre tribus, y para el tiempo de esta historia, los únicos enfrentamientos que existían eran deportivos.
Una vez por año, representantes de cada grupo se encontraban para ver quién era el mejor nadador, quién trepaba más alto, quién arrojaba más lejos y con mejor puntería las boleadoras, quién era el más rápido.
El cacique Flecha Veloz, de la tribu de los Pies rápidos, era desde hacía varios años el campeón en carrera a través del desierto. Nadie había podido vencerlo nunca. Ni siquiera la vez que había caído desde lo alto de un pehuén, quedando con las piernas hinchadas y la espalda dolorida. Ni la vez que debió correr hasta la cima de la montaña para buscar hierbas medicinales para un niño enfermo, volviendo justo para el inicio de la carrera anual. Ni la vez que, a modo de broma, sus hermanos lo ataron durante una hora, dándoles ventaja a todos sus contrincantes.
Flecha Veloz era rápido. Y a pesar de ser un buen cacique, de proteger siempre a su pueblo, de ser buen cazador, buen padre, y buen amigo, era muy fanfarrón. Desde chico jugaba carreras con sus amigos y hermanos, ganando siempre, y gritaba y cantaba y saltaba para festejar, burlándose de los perdedores. Cuando fue creciendo, desafiaba a todo el mundo a tratar de vencerlo, sin que nadie nunca tuviera éxito.
Ocurrió una vez, que se acercaba la época de una nueva carrera. Los participantes armaban sus carpas en las tierras de los Pies Rápidos, y entrenaban día a día, conviviendo pacíficamente. Corrían carreras cortas, para entrenar, para divertirse, para conocerse. Flecha Veloz se burló de cada contrincante que se le presentó, hasta que corrió contra Viento Fuerte, un joven indio de una tribu vecina. Aclamados por todos los que se habían acercado para curiosear, corrieron casi codo a codo por varios minutos, llegando uno junto al otro a la meta. Flecha Veloz no lo podía creer; nunca nadie lo había empatado. Exigió un desempate. La nueva carrera tuvo un recorrido más largo, con más curvas y desniveles. El resultado fue el mismo. Viento Fuerte fue levantado en andas, su nombre coreado por todos los presentes. Flecha Veloz no lo pudo tolerar. Desafió a Viento Fuerte, delante de decenas de testigos, a correr ellos dos, solos, la carrera anual, que se desarrollaría una semana despuès. Propuso que el ganador se quedara con todos los animales, y con toda la cosecha de la tribu del vencido. Viento Fuerte consultó con su tribu; viendo todos que el campeón no había podido vencerlo, le propusieron ayudar al muchacho a entrenarse más durante los días que faltaban; evidentemente, Flecha Veloz ya estaba viejo, ya había pasado su época .Viento Fuerte Aceptó el desafío.

Flecha Veloz se quedó preocupado. No sabía lo que era empatar. No sabía lo que era perder. Había apostado todas las pertenencias de su tribu, sabiendo que podría ser vencido. Pero no podía permitir eso. Tampoco podía faltar a la palabra de honor de un pehuenche, debía cumplir con lo pactado si perdía, aunque esto fuera un desastre para toda su gente. No podía perder.
Triste, y enojado consigo mismo, corrió hasta la montaña. En voz alta le pidió al creador, a Nguenechén: “Padre mío, te pido que me ayudes a ganar esta carrera, por el bien de mi pueblo. Sé que fui toda mi vida un engreído, que siempre me burlé de mis contrincantes, pero si me ayudás a ganar, juro que no lo volveré a hacer. Juro que no volveré a desafiar a nadie a correr. Y juro que si gano, olvidaré la apuesta, y concederé a mi oponente que no pague su derrota con los bienes de su tribu. Es mi palabra de honor, de pehuenche, y de cacique...”
Volvió a su carpa, con su familia. Durmió tranquilo, después de haber hecho su juramento sagrado. Al día siguiente, cientos de pehuenches se habían reunido, para ver la carrera más importante de la historia. Flecha Veloz y Viento Fuerte eran aclamados por igual, los niños cantaban sus nombres, los hombres alzaban arcos y lanzas hacia el cielo, festejando. Al grito de ¡Ahora! de uno de los ancianos, comenzó la carrera. Como en días previos, ambos corredores iban a la par, como si uno fuera el reflejo del otro. Esquivaban rocas, saltaban arroyos, corrían cuesta arriba, esquivaban nidos de vizcachas...
Flecha Veloz cerró los ojos, sin dejar de correr.”Ayudame a ganar, te juro que cumpliré mi palabra”.Abrió los ojos. No podía creer lo rápido que corría. Viento Fuerte fue quedando atrás como si no se moviera, Flecha Veloz sentía que sus piernas eran invencibles. En poco tiempo llegó al límite del recorrido, y dio la vuelta hacia las tolderías. Cruzó a Viento Fuerte que respiraba agitado, corriendo cada vez más lento, llegó a sus tierras, fue aclamado, gritaron su nombre, lo adornaron con flores, plumas, pieles...
Más de una hora después llegó Viento Fuerte, agotado. En el lugar reinaba un silencio mortal. “Llegaste” dijo Flecha Veloz.”Como todos vieron, has perdido. Has sido derrotado por mí, y he demostrado nuevamente que soy el mejor corredor de la Patagonia, que nadie puede vencerme, ni podrá jamás. Desde este momento, todo lo tuyo y lo de tu tribu es de la mía”.
Toda la tribu de Viento Fuerte comenzó a llorar y a gritar, y quisieron tomar sus armas para pelear contra los Pies Rápidos, pero el joven los detuvo.”No, no peleemos. Juntos aceptamos este desafío, juntos debemos aceptar la derrota y pagar nuestra apuesta. Hoy aprendimos que no se puede ganar siempre, pero también aprendimos que debemos cumplir siempre con nuestra palabra. Que se haga justicia.
En ese momento, todo el cielo se oscureció. Un relámpago iluminó todo, y se oyó una voz poderosa que venía desde las nubes: “Flecha Veloz, juraste no ser más un engreído, un fanfarrón, si te ayudaba a ganar. Juraste que no te burlarías de tu oponente, y que olvidarías la apuesta .Pero no cumpliste con nada de lo que juraste. Desde hoy, sólo vestirás un traje de plumas, y sólo correrás para defenderte y esconderte de los cazadores. La velocidad que te di de niño como regalo, es lo único de tu vida que conservarás.”
Un terrible rayo cayó sobre Flecha Veloz. Cuando todos pudieron mirar, encandilados todavía, no vieron al cacique. Vieron un pájaro alto como un hombre, todo gris, con un cuello largo y una cabeza pequeña, con enormes y asustados ojos, y con un cuerpo gordo, grande, con plumas gigantes en sus alas y en su cola. El pájaro movía su cuello flexible de arriba abajo, mirando a los demás, y mirándose a sí mismo. Se detuvo a mirar sus patas, grandes, fuertes, poderosas. Dio unos pasos, miró con tristeza a la gente de su tribu, y dijo” He merecido esto por no cumplir con mi palabra. Desde hoy, Viento Fuerte será su cacique, el demostró que es más digno que yo. Aceptá esto, como muestra de mi respeto”, y se arrancó con el pico dos plumas de su cola.”Usalo como adorno en tu cabeza, para que siempre recuerden todos este día”.Y pegó un grito con su pico, que nadie entendió, porque ya había empezado a hablar como pájaro.” Choique” lo llamaron, que es el nombre en mapuche, del ñandú.
Y desde ese entonces corre siempre, cada día de su vida, escapándose de los cazadores, de los pumas, de quienes lo persiguen por su plumaje…y de su vergüenza.

13/05/07
18/07/09

Orden Directa

A Gvh, el Fundador…

Don Ricardo se dio vuelta en la cama, para ver la hora; encendió el velador, eran las cinco y veinte;”cada vez duermo menos”, pensó,”las pastillas para dormir ya casi no me hacen efecto”.Se recordó más joven, cuando dormía seis, siete horas de un solo tirón;”me estoy poniendo viejo”, se dijo, sintiéndose como un anciano de ochenta años, aunque sólo tenía sesenta y dos.
Algo lo sobresaltó. Un temblor de la cama, un movimiento de la lámpara del techo, apenas visible por la poca iluminación. Se levantó casi de un salto, encendió la luz; sí, la lámpara del techo se movía.”Un terremoto”, pensó.Salió al pasillo, ya no temblaba el suelo, fue así como estaba, en piyama, hacia la puerta del departamento, encendió la luz de la sala, tomó el picaporte.
Pero no llegó a abrir. Una tremenda explosión sonó a su espalda. Se agachó instintivamente, tapándose la cabeza con los brazos. Nada le cayó encima. Estuvo así unos segundos, hasta que se atrevió a espiar. Todo estaba como siempre. Sin comprender nada, se levantó, con dificultad. Se rascó la cabeza, sin terminar de entender lo que pasaba. Se encogió de hombros y decidió ir a la cocina a tomar un vaso de leche tibia, tal vez eso lo ayudaría a dormir. Algo lo tranquilizaba diciéndole que eso no era un terremoto, que era su imaginación, pero al mismo tiempo sentía una especie de cosquilleo, algo que le gritaba que debía estar alerta, que debía tener cuidado.
Antes de que diera un paso, estalló la pared que tenía enfrente, la que separaba la salita de su departamento, del dormitorio. Volaron escombros hacia todas partes, uno casi lo golpeó en la cabeza; se tiró al suelo, debajo de la mesa, y recién entonces se dio cuenta. No había oído, en ese momento, ninguna explosión. En cuatro patas, miró a su alrededor: el piso tapizado de escombros, el polvo todavía flotando en el aire, uno de los vidrios de la ventana destrozado. Miró hacia la pared, pero no vio, como esperaba, su dormitorio del otro lado de un agujero. Vio un armatoste blanco, esférico, incrustado entre la pared y parte del piso, alto casi hasta el techo, sucio en algunas partes con polvo de ladrillo.
— ¡La Secretaría!—dijo Don Ricardo, mientras se paraba con dificultad. Oyó un ruido del lado del dormitorio, que asoció a una puerta que se abría, y voces de hombres en tono de discusión, o de reprimenda. Alcanzó a oír tres o cuatro insultos, todos de la misma voz autoritaria y colérica. Fue hacia el dormitorio, despacio, esquivando los escombros, y con cuidado de no hacer ruido.
— ¡Usted es un idiota, Veintitrés, un imbécil, un boludo!—gritaba uno de los hombres, haciendo esfuerzos evidentes para no golpear a uno de los tres que lo acompañaban, mientras éste lo oía firme, pero con la cabeza baja—¡¿Se da cuenta de la entrada que hizo?! ¡Nos pudo matar a todos!
— ¡Sí Señor! ¡Sí Señor!—contestaba el otro.
— ¡No le quiero pegar, Veintitrés! ¡No le quiero pegar!— gritó el primero, seguramente el jefe, dándole la espalda; de repente volvió a enfrentarlo, girando de golpe, pero con el puño derecho levantado, y lo golpeó en la cara, haciéndolo caer.
—Mire, Señor-dijo uno de los otros, señalando a Don Ricardo.
¡Que no escape!—ordenó el jefe del grupo.
Enseguida salieron de la esfera entre quince y veinte hombres más, empujando y amontonándose en el hueco de la escotilla.”El viejo modelo chico por fuera, grande por dentro”, pensó Don Ricardo. El Jefe se quedó parado en el medio del dormitorio, señalándolo con el brazo derecho extendido. Los hombres, vestidos con una especie de mameluco azul, comenzaron a dar vueltas por todo el departamento, abriendo y cerrando cajones y armarios, desparramando la ropa del placard, dando vuelta la cama y los sillones...Chocaban entre ellos, como enloquecidos, mientras entre cuatro impedían moverse a Don Ricardo. Estuvieron así unos diez minutos, hasta que de a poco fueron tomando posiciones en el departamento, sentados en los escombros, apoyados en la pared, en la mesa dada vuelta...Pero no tenían aspecto agresivo, más bien parecían indiferentes, como si les diera lo mismo estar ahí o en cualquier otro lugar del universo. Dos de ellos, en la cocina, preparaban café.
—Usted es Ricardo Sánchez, El Evadido—dijo el Jefe, todavía señalándolo; de repente se dio cuenta de su posición ridícula y bajó el brazo.
—Sí, yo soy Ricardo Sánchez, ¿con quién tengo el gusto...?
—Mis datos filiatorios son información clasificada—contestó enseguida el Jefe.
—Está bien...Son de la Secretaría, supongo, —dijo Don Ricardo, ahora custodiado solamente por dos hombres; los otros, junto a los demás, estaban tomando café con leche y medialunas en la cocina; alguien estaba preparando tostadas.
—Así es—contestó el Jefe, hinchándosele el pecho de orgullo; era un hombre de unos cincuenta años, alto, canoso; lo miraba sin borrar de su cara un gesto constante de desprecio, con la ceja derecha un poco más levantada, la frente arrugada y la boca arqueada hacia abajo. Cruzó las manos detrás de la espalda—Queda detenido, por orden directa del Secretario de Asuntos Estrambóticos.
—Quiero ver la orden escrita—pidió Don Ricardo, ya totalmente libre de sus guardias, que se habían mezclado en la cocina con sus compañeros.
— ¡Orden escrita! Usted es un evadido, desobedeció todas las reglas que debe cumplir un agente de la Secretaría, y ahora me viene con órdenes escritas... le dije que es una orden directa del Secretario, y como ya sabe, las órdenes directas no necesitan ser escritas en ningún papel.
Don Ricardo enderezó una silla y se la ofreció al Jefe, hizo lo mismo con otra, y se sentó.
— ¿Cómo me encontraron?— preguntó, mirando el suelo— después de tanto tiempo, después de casi treinta años, pensé...qué sé yo...pensé que ya no me encontrarían más, que ya no les interesaba.
—Está equivocado, Sánchez—dijo el Jefe del Grupo, todavía de pie—hace rato que lo buscábamos pero en realidad, desde su partida sólo pasaron cuatro años...
— ¡Cuatro años!
—Sí; ya sabe, los viajes a través de planos alternos tienen esas cosas—los hombres se habían acercado a presenciar la escena, algunos todavía limpiándose la manteca de la boca con la manga—Pero ya ve—siguió el Jefe—tarde o temprano, la ley siempre triunfa.
— ¿De qué ley me habla?—dijo Don Ricardo levantando la cabeza, mirando al otro a los ojos— ¿El Secretario sigue siendo ese racista inmundo de Maldquist?
— ¡No le permito!
—Ya sabemos entonces lo que son las órdenes directas de Maldquist. ”Este no me gusta, aquel otro tampoco, ese es negro, ese es amarillo, ese es verde…”
—En este caso es distinto. Acá el criminal es usted. Usted, que utilizó, como agente de la Secretaría, los medios para llegar a este plano sin ser rastreado; usted y los colaboradores que lo acompañaron y ayudaron a modificar la secuencia temporal local y transformarla en este presente, sin autorización, clandestinamente, y lo que es peor, cortando toda vinculación con sus superiores. No sé qué razones tuvo, pero...
— ¿Qué razones tuve? ¿No le parece suficiente el haberme hartado de los manejos de la Secretaría, de sus arbitrariedades, de su autoritarismo? ¿No le parece una buena razón el querer desarrollar un mundo libre de esa peste?
— ¡Usted es un subversivo!
—Está bien, está bien...A lo mejor tiene razón...—interrumpió Don Ricardo, mientras uno de los hombres le pedía permiso para pasar al baño-pero todavía no me contestó cómo me encontraron.
—En realidad, lo encontramos indirectamente—el Jefe no sabía si explicarle o no al Evadido, pero su vanidad lo venció—Usted hizo muchos cambios en este plano, Sánchez, muchos, y de un peso enorme. El universo tolera ciertas variaciones, pero a usted se le fue la mano. Controló todas las variables para que este lugar del mundo, este país en la punta de Sudamérica, fuera la primera potencia mundial...
—Bueno, en muchos planos alternos hay una, dos o tres potencias líderes, no veo cómo…
—Pero en este caso...—el Jefe seguía hablando, caminando de un lado a otro del cuarto; sus hombres lo seguían con la mirada, algunos habían salido al balcón—en este caso esta realidad tiene un índice de improbabilidad muy alto, Sánchez. En este plano, la “República de las Provincias Unidas del Río de la Plata” es el centro del mundo, es la primera potencia económica, técnica, científica, militar; todos los grandes inventos, todos los grandes avances de los últimos dos siglos, surgieron de este país...Tiene tratados de comercio con todo el mundo, presta dinero a los países subdesarrollados del hemisferio norte, ha llegado a la Luna, Marte, y los asteroides, ha desarrollado más que nadie la energía nuclear... Su moneda local es oro en todo el mundo, su literatura se lee en todo el mundo, su cine se ve en todo el mundo, sus empresas tienen sucursales en todo el mundo...
—Sigo sin ver qué es lo improbable...
— ¡Todo es improbable!—gritó el Jefe, levantando los brazos— Vivió en este plano treinta años transformándolo...
—Bueno, solamente trabajamos unos ocho años, todo lo demás se hizo solo; ahora hace diez que vivo de una jubilación...
— ¿Ocho años solamente? Usted debe ser un genio...Pero el caso es que este plano es muy improbable; el universo tiende al equilibrio, y ya ve, planos improbables generan planos improbables. Ese es el punto que usted no tuvo en cuenta.
—Disculpe; saliendo a la calle, dos cuadras para la izquierda— señaló Don Ricardo a tres de los agentes, que querían incautar café y medialunas del lugar— ¿Y cuál es ese punto?— preguntó al Jefe.
—Le dije antes que a pesar de que lo buscábamos, lo encontramos indirectamente...Sin proponérselo, Sánchez, al alterar este plano también alteró o creó otro...Otro que hace dos años comenzamos a investigar, también con un nivel muy alto de improbabilidad, cuyo origen rastreamos hasta llegar acá.
— ¿Pero…cómo es ese plano?—preguntó Don Ricardo, con una mezcla de curiosidad y miedo.
—¿Quiere saber?—preguntó el Jefe, mirándolo con su único gesto, creando suspenso—Es un plano alterno en el que su República de las Provincias Unidas del Río de la Plata es también una república, pero una de las naciones más derrumbadas económica, científica, técnica, moral. . .—hizo silencio unos segundos, y notó que faltaba algo —...mente — terminó —Una nación endeudada hasta las...muy endeudada, con corrupción en todos los niveles del gobierno y de la sociedad; una nación en la que los educadores, los agentes de salud, los investigadores, ganan sueldos miserables —Don Ricardo se encorvaba en la silla, tomándose la cabeza entre las manos—donde a pesar de tener riquezas minerales, animales, y vegetales, hay millones que sufren hambre...Donde los representantes del pueblo no representan a nadie, donde los universitarios se van del país...Un país con la cifra más alta de accidentes automovilísticos, un país desconocido para muchos de los habitantes del superdesarrollado hemisferio norte, un país que entabla una guerra suicida contra una gran potencia militar...un país campeón mundial de fútbol dos veces…
-¿Fútbol? ¿Qué es eso?—dijo Don Ricardo, de repente.
— ¿Ve? Hasta esa porquería creó usted sin saberlo...Ese plano alterno no puede existir, Sánchez, es un caos, debemos destruirlo, alterar las variables suficientes para que se transforme en una realidad probable. Pero si dejáramos este...—Don Ricardo lo miró con los ojos llorosos—daría origen a otro plano igualmente caótico, o tal vez peor. La solución más sencilla es alterar este plano alterno, para que también cambie, o desaparezca, aquel otro.
—Así que entonces van a cambiar todo esto, todo este trabajo de años, van a destruir esta obra de arte…
—Sí —se puso firme—Queda detenido, Ricardo Sánchez, usted y sus cómplices serán procesados y condenados. Llévenselo.
Los agentes, sentados en el suelo, tardaron un poco en reaccionar; se levantaron de mala gana, dejando el tablero de ajedrez en el piso, y metieron a Don Ricardo en la esfera. Uno de ellos llamó a sus compañeros en la calle, desde el balcón, y se acercó después al Jefe.
—Disculpe, Jefe, ¿puedo preguntar algo?
—Sí, cómo no, muchacho—contestó hinchando el pecho.
—Hay algo que no entiendo...Estoy haciendo un curso sobre Mecanismos de Funcionamiento del Universo Dividido en Planos, en la Secretaría, y según aprendí, estos dos planos están perfectamente equilibrados, Señor. Acá, este país es el primero, en el otro plano es el último. Acá, es una gran potencia, allá es un quilombo...con perdón de la palabra, Señor. Mientras haya en el universo planos tan contrarios, tan equilibrados, no hay ningún peligro para el resto de las divisiones alternas...
—Usted es muy inteligente—dijo el Jefe sonriendo, algo que muy pocas personas habían visto; le puso una mano en el hombro— ¿Cuál es su número?
— ¡Dos cinco seis, tres seis ocho, Señor!—contestó el agente, contento.
—Muy bien, Dos Cinco, muy bien, usted es un buen agente, tal vez un día llegue a ser un jefe, como yo.
— ¡Gracias, Señor!
—Tiene razón en lo que dice, Cuatro Nueve...pero recuerde que somos todos subordinados, que todos recibimos órdenes, que a veces hay razones que nosotros no podemos entender...Y para eso están los que saben, para eso está el Secretario...y seguramente hay alguna razón importante para que él nos ordene detener a Sánchez y alterar este plano, destruyendo así el otro…
— ¡Tiene razón, Señor!
—Vaya Tres Siete, vaya...
El Jefe vio entrar al agente a la esfera. Ya todos estaban adentro, incluido el Evadido. Otros grupos estarían tomando prisioneros a los colaboradores de Sánchez, y recogiendo los elementos de la Secretaría que habían traído a este plano. Más tarde llegarían los Agentes Especiales, encargados de alterar la realidad local, logrando la modificación de este plano...y la desaparición de aquel otro, caótico, consecuencia de este.
— ¡Ya estamos listos, Jefe!—le avisaron.
El Jefe caminó hasta la esfera, todavía pensando. Miró a su alrededor, antes de entrar. Miró hacia adentro, acordándose de algo, y gritó como si la persona a quien se dirigía estuviera muy lejos— ¡Y usted, Veintitrés, le conviene hacer una mejor entrada ahora que volvemos, porque si no lo voy a mandar a manejar calesitas, infeliz!
Cerró la puerta de la esfera detrás de sí, mientras pensaba en la próxima transformación de todo un universo, todo un plano alterno, por orden directa del Secretario Maldquist...para evitar la consecuente aparición de un universo improbable, demente. Un universo en donde, entre tantas improbabilidades, la más incoherente e inaceptable de todas, era que un hombre, también llamado Maldquist, también al frente de la Secretaría de Asuntos Estrambóticos, nacido el mismo día, el mismo mes, el mismo año, era petiso, morocho, provinciano, hijo de madre judía, y peronista...

Neuquén, 17/11/05
http://axxon.com.ar/rev/163/c-163cuento13.htm

Todos terminan igual

El ataque de los demonios esta vez es salvaje, es como una explosión, dejo de lado la idea de pasar por el colegio. Tengo que ayudar a esta gente… ¡Nunca vi tantos! ¡Casi oscurecen el cielo! Empiezo a correr hacia la Nueve de Julio, por Independencia, mientras busco la navaja… ¡Están atacando con todo!


-Otra guerra al pedo- dijo mi viejo cuando pasaron en el noticiero al presidente, confirmando que también nosotros apoyábamos a las tropas de la OTAN-¿Me querés decir qué tenemos que ir a hacer nosotros a la otra punta del mundo? ¡Que se maten entre ellos, che! ¡Si acá tenemos petróleo, para qué carajo nos tenemos que meter a matar turcos, o no sé qué mierda son, por un poco más! Si por lo menos nos achicaran un poco la deuda externa, pero ni eso… ¡Que se vayan los yanquis solos, y se dejen de joder!
Mi hermanita y yo nos miramos; a los dieciocho años, nunca había vivido ninguna guerra en mi país, aunque sí sabía que cuando mi viejo era joven habíamos hecho una guerra suicida contra los ingleses, y que después nos habíamos metido de colados en otras guerras en Asia en países que nunca me pude aprender…Mi vieja clavó la mirada en el televisor.
-¿Y si vienen a atacarnos?- preguntó a nadie en especial-¿Con qué nos defendemos, con las armas que tienen ellos? En Brasil y Méjico ya hubo represalias…- de repente miró a mi viejo, enojada-¿Ves? Ahí tenés a tu presidente; este año votalo de nuevo, sabés…

Con la navaja en la izquierda, me hago el corte en la palma derecha, casi encima del último tajo, mientras sigo corriendo; enseguida me corto también en la palma izquierda.

Estaba en una pizzería, después del cine, con los chicos del colegio, cuando vi a los demonios por primera vez. En ese momento hablaba con Graciela, tratando de convencerla para que la próxima vez saliéramos solos, cuando algo que se movió unos metros detrás de ella me llamó la atención; le habrá impresionado a ella mi cara, porque se dio vuelta enseguida para mirar.
Jorge, a mi izquierda, saltó hacia atrás con la silla; Graciela gritó mientras intentaba pararse, y se cayó golpeándose con la mesa. Toda la pizzería era un griterío de dolor y de miedo, los demonios salían del suelo, o aparecían en el aire, otros parecía que entraban desde la calle, atravesando los vidrios…Por un momento me quedé congelado, viendo a esas cosas horribles volando de un lado a otro, también gritando, y arrancando cabezas, brazos, cortando personas en dos con sus garras, mientras todos trataban inútilmente de escapar. Oí que alguien gritaba “¡diablos!”, y por un segundo pensé en las películas yanquis, y después me di cuenta de que sí, eran diablos los que nos atacaban; eran tipos horribles, peludos, por momentos negros o medio transparentes, con unas alas tremendas que apenas movían mientras volaban; recuerdo que en ese momento me llamó la atención que no tuvieran cuernos. Ricardo y Laura me despertaron.
-¡Vení, vamos para afuera!
Pero salir era imposible. Los demonios bloqueaban la salida y nos arreaban hacia el centro del local. Graciela me gritó desde abajo de la mesa.
-¡Sergio, vení!
Me tiré al suelo, pensando en esconderla con una pila de sillas y mesas. La agarré de las manos, estirándome para alcanzarla, cuando vi a Ricardo que caía cerca de mí, bañado en sangre; me arrastré un poco más y abracé a Graciela, que gritaba y lloraba, mirando a nuestro compañero muerto. Busqué a los demás chicos con la mirada, cuando vi a Jorge que se tropezaba con alguien y se caía cerca de nosotros; un demonio tremendo venía planeando derecho hacia él, con los brazos extendidos hacia adelante. Vi las garras apuntando a mi amigo, vi la cara de ese monstruo horrible con una expresión mezcla de odio y placer, sentí el corazón latiendo a mil por hora, quise gritar y no pude. Salté hacia Jorge, tirando la mesa hacia atrás.
-¡No!- grité al fin, abrazando a mi amigo.
El demonio se detuvo a medio metro de nosotros, me miró con cara de miedo, mientras parecía que se aclaraba y que fuera a desaparecer, y se movía lentamente hacia atrás. Miró a Graciela. - ¡No!- le grité - ¡No! ¡Andate!- empujé a Jorge al suelo, contra Graciela, justo cuando dos demonios caían sobre ella; me arrastré sobre él, hasta alcanzarla.
-¡Sergio!
Sentí a Jorge temblando bajo mis piernas; mi pantalón se me había corrido hasta la rodilla, y sentía su mano aferrándose de mi tobillo. Apoyé la cabeza de Graciela en el suelo, tapándole los ojos. Los demonios giraron en el aire y se fueron.
Entonces grité con toda la fuerza que pude juntar -¡Váyanse! ¡Hijos de puta, váyanse! ¡Váyanse! – Me largué a llorar, dándome cuenta de la cantidad de muertos, de destrozos, de sangre, a mi alrededor. Jorge se movió, debajo de mí, y me corrí para dejarlo levantarse. Le pregunté a Graciela si estaba bien, los dos todavía en el piso.
-Sergio- dijo mi amigo, apoyándose en una mesa dada vuelta, y mirándome con ojos vidriosos- Se fueron…


Llego a la Nueve de Julio, hay un amontonamiento de autos chocados, autos intentando salir de ese quilombo, gente corriendo, o intentando correr entre el fuego y tanta chatarra…Y los demonios por todas partes.
Atajo a un hombre que corre hacia acá, y lo marco con sangre en un brazo. Me empuja hacia un costado y sigue corriendo. Me decido por un grupo de personas atrapadas en una camioneta volcada. Me trepo hasta meter el brazo derecho por la ventana, estirándome todo lo que puedo. Uno de ellos ve mi mano con sangre, y sonríe, y aprieta sus dedos contra mi herida, y marca después en la frente a sus compañeros. Salto hacia abajo, mientras los oigo gritarme las gracias, y voy hacia un auto del que tratan de salir dos abuelos.

-Vos nos salvaste, Sergio- me dijo Jorge. Habíamos estado hablando de eso durante horas el domingo, y volvíamos a discutirlo el lunes, en el primer recreo.
-No, loco, te digo que fue casualidad, cortala…
-¡Fuiste vos! ¡Yo vi cuando el bicho ese lo desarmaba a Ricardo, y vi al otro que me venía a agarrar a mí! De repente le veo la jeta horrible, que se le transforma de golpe, parecía muerto de miedo, casi desaparece del susto, y después te escucho a vos y me caés encima…
-Pero pensá un poco, Jorge…
-Lo único que sé es que me salvaste la vida, Negro – los ojos le brillaban, apretó los labios – y si no era por vos, ahora yo también estaría en la morgue como los demás chicos…
Sonó el timbre. Jorge se fue para el fondo, hacia su asiento. Me fui al mío, en la segunda fila. Nadie había ocupado los cinco lugares vacíos de nuestros compañeros muertos.”Todo por esa guerra de mierda”, pensé.
La vieja de Geografía nos dio su pésame, nos expresó sus opiniones con respecto al terrorismo internacional que ahora ni siquiera usaba explosivos “como antes”, nos habló de los otros tres ataques que había habido en otras provincias, a la misma hora que el de la pizzería, y de otros ataques el día domingo, todos en lugares con mucha gente.
Me di vuelta, buscando a Graciela, y la encontré mirándome con los ojos tristes, mientras me llegaba como desde muy lejos la voz de la profesora hablando sin parar, cuando un grito terrible, agudo, que me perforó los oídos, casi me hace saltar en el banco. ¡Eran demonios, saliendo del ángulo de la pared del pizarrón con el suelo! Sin pensarlo, empujé a mis compañeros del banco de atrás tratando de llegar a Graciela, que hacía lo mismo para llegar hasta mí, la alcancé apretando en el medio a Claudia, las abracé con toda mi fuerza y miré hacia el fondo del aula, acordándome de Jorge, cuando lo vi venir saltando sobre los bancos.”¡Vení!” , le grité, lo vi tropezarse y caer, un demonio destrozaba a dos chicos juntos, cerca de él; se levantó y saltó de nuevo hacia mí, se colgó de mi mano izquierda”¡Salvame, Sergio, salvame!”. Los demonios nos esquivaban; otros chicos se tiraron encima de nosotros, Claudia y Graciela temblaban y lloraban, yo no podía ver nada, pero oía las corridas, los gritos de los demonios y de los chicos, después una sirena, ruido de vidrios rotos…
Entonces todo se calmó de golpe. Esperé un poco.
-Ya está chicos, ya pasó- sentí que se movían sobre mi espalda, oí las voces de mis compañeros llorando. Jorge me agarró por los hombros, de golpe.
-¿Viste, boludo? Nos salvaste otra vez…

Pero no los había salvado a todos. Sólamente a Jorge, Graciela, Claudia, Acuña, que me había estado gritando de miedo en la oreja y me tiraba del pelo, y Cortés, que a último momento se había tirado encima de todos. Los demás, la profesora, todos los chicos, estaban muertos. Salimos al patio, a buscar más sobrevivientes…
En todo el colegio no había nadie más vivo.


Estoy casi llegando a donde están los viejitos, cuando un auto fuera de control se me viene encima, corro para un costado, y me salvo trepándome a un colectivo chocado contra uno de los árboles de la plazoleta.


Esa vez habían atacado al mismo tiempo en muchos más lugares en todo el país. Los noticieros pasaban las imágenes de los muertos y los destrozos, imágenes que conocíamos mejor que nadie; especulaban con este nuevo tipo de guerra, seguramente más barato que las armas convencionales, aceptadas por Ginebra; el presidente se quejaba contra los del Oriente Medio (“la Coalición”, los llamaban los periodistas) por no practicar una guerra limpia, y repetía por milésima vez los argumentos de nuestra sociedad “occidental y cristiana”.
Nos reunimos otra vez con Jorge y Graciela, y ahora con Claudia, Acuña, y Cortés. Ya me habían convencido de que yo los había salvado, aunque no entendía ni aceptaba del todo el cómo, o el por qué. Estábamos todos en mi cuarto, preparando los “amuletos”.Después de repasar lo que había pasado en el colegio, llegamos a la conclusión de que habían sobrevivido únicamente los que me habían podido tocar, o los que yo había tocado…Los que habían hecho contacto con mi piel, o con mi pelo, sin ropa de por medio. Cuatro chicos se me habían tirado encima, apretándose contra mí, pero apoyados en mi ropa. Sólo Acuña y Cortés se salvaron. Acuña había propuesto la idea de los amuletos, después de contar que al terminar el ataque se encontró solo, a unos metros de nosotros, apretando en un puño un manojo de pelos que me había arrancado sin querer, durante el pánico que le provocaron los demonios. Cortés contó que a pesar de no haber creído lo de la pizzería, decidió hacer lo mismo que los demás que habían venido hacia mí, y saltó encima de ellos. No había pensado en tocarme, sólo en estar cerca, pero recordó que durante el amontonamiento una de sus manos se metió por un agujero en mi camisa rota, quedando en contacto con mi espalda…
Graciela y Claudia me cortaban mechones de pelo; Acuña los separaba como para no desperdiciar mucho, y Cortés y Jorge les pegaban un pedazo de cinta adhesiva. Los primeros amuletos se los pegaron todos ellos en el pecho, y mis viejos y mi hermana. Después preparamos los suficientes para sus familias, fueron a sus casas, y antes de una hora estuvieron todos de vuelta. Acuña (“díganme Andrés, che”), llegó primero, aunque vivía más lejos que los demás. Fue él el de la idea, y fue el primero en probar si servía. Un día después de la reunión, mientras salíamos de la casa de Jorge, vimos un ataque a unas tres cuadras de donde estábamos. Cuando todos comenzamos a correr para otro lado, Andrés me agarró del pelo, me cortó un mechón con una navaja que tenía escondida, y salió corriendo para el lado donde estaban los demonios. Me quedé paralizado, con la boca abierta, no lo podía creer. Enseguida salí corriendo detrás de él sin poder alcanzarlo, lo vi correr directo hacia un demonio que estaba volando hacia unos chicos que intentaban entrar a una casa (era el demonio más grande de los que había visto hasta ese día), entonces lo veo a Andrés que lo encara, agita los brazos, les grita algo que no entiendo, en eso el monstruo frena en el aire, lo mira, y se abalanza sobre él. Lo recuerdo todo como en cámara lenta, a Andrés tapándose la cara con los brazos, y encogiéndose todo, pero levantando la mano con mis pelos, el demonio que cae sobre él, como si lo envolviera, se hace transparente, salta hacia atrás de golpe, haciéndose oscuro de nuevo, ya estoy bien cerca, grita algo mientras me mira a los ojos, se ríe desde allá arriba, y se va…



Marco a los dos abuelos y me tiro debajo de un auto, donde hay una mujer escondida, con tres chicos. Después de marcarlos, al salir, alguien me abraza, y me pide que lo ayude. Lo miro, es un hombre mayor, temblando de miedo. Lo marco en la frente, me da un beso, y se arrodilla. Corro hacia otro lado. Más allá veo a otro mesías trabajando.

Me paro en el techo de un auto, y chiflo bien fuerte. El otro no me oye, entre tantos bocinazos, y gritos, y motores. Chiflo de nuevo, ahora mira para este lado. Es un tipo de unos cincuenta años, grandote, canoso. Le hago señas con los brazos, y me pongo con las piernas juntas y los brazos en cruz, la señal que usamos para identificarnos; él hace lo mismo. Ahora sabemos que tenemos repartido el terreno para trabajar. Se me acerca un montón de personas corriendo, perseguidas por tres demonios. ” ¡Atrás!” les grito a los monstruos, “¡Atrás!”.Uno de los demonios se acerca hasta unos dos metros, y riéndose dice, con una voz extraña, que me da escalofríos, “¡Nadie se salva!” .Le grito “¡Andate mierda!”, y se van los tres…


Me costó entender a Andrés, porque mientras me hablaba yo miraba para otro lado, haciendo fuerza para no llorar.
-¿Me escuchaste, Negro? ¿Che, Sergio, escuchás?
-Eh…No, disculpá…
_ ¿Qué te pasa?
-No sé, Andrés, no entiendo nada- me largué a llorar- ¿Por qué yo, loco? ¿Por qué a mí no me pasa nada y todos los demás se mueren? ¿Quién soy yo, qué hice para ganarme esto?
Andrés me abrazó – No sé qué hiciste para ganarlo, pero sé que lo compartiste con nosotros, con los que tenés más cerca…Y sé que es importante que te sientas mal por los que no podés ayudar.
Se quedó callado un rato, como pensando bien lo que me tenía que decir; de pronto se apartó de mí, y me dijo sonriendo –“Tengo dos noticias, una buena y una mala…
-Primero la mala.
-Ya sabía. Te cuento las dos- enseguida empezaron a llegar los demás, así que esperamos a estar todos juntos para no interrumpirlo a cada rato. Nos contó que en la radio habían comentado que en varios de los ataques en todo el país se había visto que había personas que eran inmunes a los demonios, y que hasta los podían ahuyentar.”No estoy solo”, pensé. Esa era la buena noticia; la mala, según él, era que el gobierno convocaba a esas personas para que colaboraran en una posible defensa contra el enemigo.
-¿Y eso que tiene de malo? – preguntó Claudia.
-Que una vez que los tipos como Sergio estén identificados, sus vidas van a estar en peligro…- nos miró a uno por uno –Siempre hay espías infiltrados en todos los gobiernos…
-Vos ves muchas películas – dijo Graciela, tratando de no darle importancia, aunque me di cuenta de que estaba preocupada.
-No, no veo muchas películas. Además, las películas se basan en la realidad. Esta es una guerra sucia, esos hijos de puta son capaces de cualquier cosa… Y a veces hasta pienso que estos demonios no son armas de la Coalición, ¿no les parece que podrían ser algo inventado por los de la OTAN, y que están probando con nosotros, y que de paso los usen para hacernos creer que son culpables los turcos…? Ya sabemos cómo es de retorcida la mente de los yanquis…No sé qué piensan ustedes, pero me parece urgente que escondamos a Sergio.

Me toco la barba, en tres semanas me creció un montón.

-Tenés que esconderte, dejarte la barba, Sergio, no sé, disfrazarte de croto…Y nadie más debe saber lo que podés hacer.
-Ya lo sabe mucha gente –Jorge tenía razón, nuestras familias lo sabían, nuestros amigos, y cada vez que salíamos a ayudar a la gente, más me iba exponiendo.
-Tenés que rajarte de acá, Sergio, y tu familia también- siguió Andrés – Tenés que tener mucho cuidado.

Graciela iba a la iglesia seguido, yo hace rato que no voy, pero le pedía todos los días a Dios que se terminara la guerra. Un tipo de la tele decía que estos demonios eran demonios de verdad, que la Coalición había hecho un pacto con el diablo, que eso justificaba otra Guerra Santa…

Mis viejos se convencieron de ir a lo de mis tíos en el campo, después de ver las noticias sobre los atentados a los “mesías” (como nos habían bautizado los periodistas) y a sus familias. Pasé unos días con Jorge, después con Andrés; cuando las cosas se pusieron más pesadas nos escondimos los tres en una casa abandonada en San Telmo. Claudia se borró. A Cortés lo echamos cuando lo encontramos vendiendo amuletos de “pelo de mesías”.
- ¡Dijimos que eran para repartir, no para vender!- le grité.
- Mirá Negro – se defendió- vos si querés regalá todo lo que quieras, vos estás a salvo, yo me juego la vida con los demonios todos los días, por defenderte…
- ¡Pero boludo! ¡Yo también me juego todos los días! ¡O los tiros del otro día eran en joda! ¡Me querían hacer boleta, boludo! ¡Yo también me juego como vos!
- Somos un equipo…- empezó a decir Andrés.
-Vos callate, quién te creés que sos…
Le metí una piña en la cara. Gracias a Andrés había salvado a mi familia, a muchos amigos, a muchos desconocidos. Gracias a él habíamos descubierto que también podíamos usar mi sangre, o raspados de piel, o del interior de la boca (ya me había quedado casi pelado), para hacer amuletos contra los demonios…No me banqué que atacara a Andrés, que el día de los tiros me protegió con su propio cuerpo.
- Tomátelas- le dije a Cortés.
No lo volvimos a ver.

Veo un tipo que sale de su auto con una cámara de video, y apunta hacia los demonios; aparta la cara del visor, mira a los monstruos, vuelve a tratar de enfocar la cámara. Me río un segundo, sigo marcando a la gente, me acuerdo del diario que comparaba a los demonios con los vampiros de las películas, porque no se reflejaban en los espejos, ni podían ser fotografiados o filmados. Un montón de personas vienen corriendo hacia acá, perseguidos por varios demonios. Entre ellos veo a una chica. ¿Graciela? No, está con su familia en Córdoba, en un pueblito…No, no es ella.


-¿Así que no existen, que los imaginamos nosotros? – dijo Graciela sonriendo, cuando leíamos lo de los espejos.
-Sí que existen, ¿o no desarman a la gente cono papel? – preguntó Jorge.
-A la gente sí – aclaró Andrés – pero ¿los viste alguna vez romper algo, alguna cosa? ¿Un vidrio, una pared, algo?
Otra vez Andrés tenía razón. Los demonios atravesaban las cosas, las cosas se rompían cuando la gente trataba de escapar y las golpeaba, pero ellos no tocaban nada. Andrés pensaba que había algo que nos alteraba el cerebro, que nos hacía ver y oír a los demonios, y que eso nos asustaba tanto que en la desesperación por huir, terminábamos lastimándonos entre nosotros, y creíamos ver que eran ellos los que despedazaban con sus garras a la gente. Jorge le argumentó que eso no explicaba cómo los mesías podían ahuyentar a los demonios, si eran algo que sólo existía en nuestras mentes, así que forzosamente tenían que ser algo físico…

Siguen corriendo hacia mí. Voy hacia ellos. Más allá veo a otro grupo empujado hacia mí por los demonios. No puedo ver al otro mesías.

Andrés lo cargaba a Jorge, por su idea de pintar, o de manchar, un helicóptero con sangre de mesías, para ahuyentar demonios; le decía que en lugares cerrados no serviría para nada, y además, quién se animaría a pilotearlo.”¡Yo sí!” decía Jorge. Mientras caminábamos, yo seguía pensando en el ataque de la noche anterior, en Avellaneda. Dos demonios se me habían acercado tanto, que dando unos pocos pasos los hubiera podido tocar, y uno de ellos me había dicho con esa voz horrible que hace temblar y sudar frío, de miedo,” Somos una legión, somos el adversario, el arma perfecta. Nadie se salva. Todos terminan igual…”
Tenía miedo, pero corrí hacia ellos gritando, con los brazos extendidos, y desaparecieron.

Marco a los primeros, enseguida llegan los otros, gritando.

Después de venir de Avellaneda, decidimos volver a San Telmo; nos escondimos en el colegio, pensamos que era un buen lugar, cerrado y abandonado como estaba. Ayer a la mañana, cuando salimos a la calle, un auto se nos tiró encima y lo hizo volar por el aire a Jorge. Yo me golpeé un poco al caer al suelo, y Andrés en la cabeza. Jorge está muy mal, en terapia intensiva. Hoy Andrés se quedó con él, mientras yo me iba para el colegio a buscar algunos amuletos y otras cosas.

Son un montón de personas, cada vez llegan más, no alcanzo a marcarlos bien, me aprietan, se empujan entre ellos, me arrancan la camisa, se aprietan contra mí, me arañan…

Los diarios, los noticieros, repetían a cada rato cómo el gobierno investigaba el origen de los ataques, y cómo denunciaba ante la ONU lo inmoral de este nuevo tipo de atentados.

Les grito que esperen, que se calmen, los demonios vuelan sobre nosotros en círculos, gritando, y estos pobres me aprietan más fuerte todavía, veo a unas cuatro cuadras otro amontonamiento de gente con demonios como buitres, debe ser el otro mesías, me caigo al suelo, me tiran del poco pelo que me queda, me rompen los pantalones, les grito que paren pero no paran, en un hueco entre las cabezas veo contra el cielo un demonio que baja y planea sobre nosotros, grita fuerte, algunos se asustan y se van, pero otros me siguen tironeando, ya no veo nada, me tapo la cabeza con los brazos, oigo que el demonio grita nadie se salva, y grito que no, me río un poco pensando en que yo no me salvo, yo no me voy a salvar, pero esta gente sí, yo también voy a morir desarmado en pedazos, pero ya no me importa con tal de no dejarlos ganar a estos bichos hijos de puta, esta gente sí se salva, se está salvando, y un día vamos a descubrir cómo funcionan los demonios y no van a joder más, gracias Dios porque por lo menos pude ayudar a algunos, cuidá a mi familia, y a Jorge, y a Graciela, y a Andrés, y a …

domingo, 13 de septiembre de 2009

El fruto prohibido II


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Génesis 2:16
Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol
del huerto podrás comer;
Génesis 2:17
mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás;
porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.

       Y fue así que la serpiente, de todas las bestias de la tierra por Dios creada, la más astuta, dijo a la mujer:
“¿Así que Dios les ha dicho que no coman del árbol en el centro del huerto?”
Respondió la mujer:”Que comiéramos de todo árbol, nos dijo, menos del árbol que está en medio del huerto, no comeréis de él ni le tocaréis, nos dijo, para que no muráis”.
        Dijo la serpiente” eso les ha dicho, para que no seáis dioses como él; si coméis de ese árbol, conoceréis todo lo que Dios sabe.”
        Y entonces pensó la mujer”la serpiente bien dice la verdad, si comiéramos de ese árbol, como dioses seríamos, conociendo toda la ciencia, toda la sabiduría, adueñándonos de todo el poder de reconocer el bien y el mal. Pero si eso hiciéramos, ciertamente moriríamos, y Jehová Dios se disgustaría y nos castigaría sin piedad. Tal vez me obligara a parir con dolor, como a las bestias de la tierra, o sentenciara a mi compañero a trabajar el polvo del campo para conseguir diariamente nuestro sustento; seguramente perderíamos la dulce calma de este Edén donde vivimos sin preocupaciones, ni dolores, ni fatigas, con alimento a nuestro alcance por doquier. Creo que renunciar sólo a un fruto no es un precepto muy difícil de cumplir”.
        Llamó pues la mujer al hombre, y le dijo” he aquí que la serpiente me quiere tentar; apártala de nuestra vista”.A lo que el hombre respondió “dueña eres de mi hogar, tú mandas en lo que a nuestra morada compete”, y mató a la serpiente, aplastándola con el pie.
        Y cercó al árbol de la ciencia del bien y del mal con altas vallas construidas con cañas espinosas, y rodeó a éstas con cizañas y fosas profundas, cavadas con sus propias manos, para que nadie en todos los años venideros comiera de él.
        Y es así que hoy, a unos mil años de la creación del mundo, con unos quinientos mil millones de humanos sobre la faz de la tierra, Jehová Dios, harto de rezos y ruegos constantes de sus criaturas, fatigado de ocuparse de asegurar la producción de frutas, hortalizas, granos, mieles, leche, de procurar el engorde de los animales de la granja, de proveer aves para asar en las llamas, hastiado de trabajar él solo para todos los hombres que felizmente andan desnudos vagando por su mundo, no sabe ya qué animal enviar a la mujer para tentarla, y lograr que de una buena vez por todas, los humanos empiecen algún día a morir, inmortales todos ellos desde su nacimiento, por no haber comido nunca, ninguno, a pesar de múltiples invitaciones de todo tipo de bestias, del árbol ubicado en el centro del jardín del Edén.

Diego Martínez
Neuquen, 31/03/09